Cada vez que estudio, me gusta escuchar música. Un día mientras lo hacía, una canción de un grupo que hasta el momento desconocía llamó mi atención. El título de la canción es "Leper Song", o "La canción del leproso" en Español. Déjenme decirles, la letra es simplemente hermosa.
Dejaré el link aquí para que la escuchen: https://www.youtube.com/watch?v=G0jZOcIcntE
En cuanto la escuché, algo movía mi corazón a leer el pasaje en el cual Jesús sana a un leproso:
"Un hombre enfermo de lepra se acercó a Jesús, y poniéndose de rodillas le dijo:
—Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad.
Jesús tuvo compasión de él; lo tocó con la mano y dijo:
—Quiero. ¡Queda limpio!
Al momento se le quitó la lepra al enfermo, y quedó limpio".
(Marcos 1:40-42, DHH).
¡La reacción de Jesús simplemente me impacta!
La lepra, en tiempos de Jesús, era considerada como una enfermedad muy infecciosa e incurable. Cualquiera que sufriera de esta enfermedad era apartado de su familia y la sociedad para evitar el contagio.
La gente los veía como personas inmundas y repugnantes. En casos avanzados, la enfermedad desfiguraba completamente a la persona, de modo que su aspecto era casi irreconocible.
No sólo, los leprosos eran alejados de la sociedad, sino que también les era prohibido participar de la vida religiosa judía. Los fariseos trataban de una forma muy inhumana a estas personas, llegando a arrojarles piedras para que se alejaran de ellos.
Una vez dicho esto, creo que podemos llegar a un par de conclusiones sobre cómo se sentía un leproso.
De seguro por su mente pasaban palabras que lo etiquetaban como marginado, despreciable, o abandonado.
El rechazo de la sociedad y los fariseos posiblemente le hacían pensar: "Tal vez Dios me rechaza también".
En los días de un leproso con la enfermedad avanzada, la muerte era cosa segura. ¡Imagínate lo desesperanzado que se podía sentir! La humillación; el rechazo.
A pesar de todo esto, seguramente el leproso de este pasaje se enteró de los milagros que Jesús había hecho y decidió creer en su corazón que Él tenía poder para sanarlo.
Contra toda cosa prohibida para él, tuvo el valor de acercarse y arrodillarse ante Jesús. Me imagino que la gente alrededor lo miraba diciendo cosas como: ¡Pero cuánto atrevimiento!, ¡Qué insolencia!,
¡Qué asqueroso! Gente señalándolo; criticándolo.
Sin embargo, la reacción de Jesús es diferente.
Sin embargo, la reacción de Jesús es diferente.
Él no le arroja piedras para que se aleje; ni aparta su mirada ante su posible rostro desfigurado debido a su enfermedad. No le da más juicio y críticas, de las que había recibido, y estaba ya acostumbrado a lo largo de su vida.
Con humildad, el leproso pronuncia sus palabras: "Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad".
Él no era una persona, él era su enfermedad. La sociedad lo había etiquetado tanto, que él mismo se creía inmundo; indigno.
Y Jesús hizo lo que nadie más quería o haría...
Con compasión, se acercó a él, se agachó hasta donde estaba él arrodillado. Lo tocó y le dijo: "Quiero. ¡Queda limpio!"
Jesús no sólo sanó su enfermedad; sanó su corazón. El saber que su creador no lo rechaza, estoy segura de que le cambió la vida a esta persona.
Leer pasajes como este, me hacen recordar que yo también fui una leprosa, desesperada por compasión; por el toque o el acercamiento de alguien en mi necesidad.
Todos en algún momento de nuestra vida nos hemos sentido rechazados o indignos al igual que el leproso. Y en ese momento en el que nadie me miraba, Jesús hizo lo que nadie más quería; lo que nadie más haría.
No debemos olvidar que ese es el mismo sentir de Jesús hoy en día.
Vivimos en una sociedad espiritualmente leprosa. Gente desesperada por compasión; por el toque de alguien.
Hay personas marginadas social y económicamente. Personas a quienes el mundo les ha dicho que no valen nada; que son indignos.
Gente a la que nadie se atreve a visitar, que nadie ve y que nadie escucha.
¿Seguiremos tomando la postura de los fariseos y arrojaremos más piedras? ¿Seguiremos siendo indiferentes?
La Biblia dice que demos de gracia lo que de gracia recibimos; que somos la sal y la luz de este mundo.
Seamos como Jesús, y hagamos lo que nadie más quiere y debe hacer.
Muy cierto en algún momento de nuestras vidas hemos sentido, rechazo, incomprensión, marginación. Pero Jesús sana toda herida. Hermosa reflexión
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