Seré honesta;¡nunca he sido fanática del ejercicio! Sin embargo, reconozco que no debo esperar hasta encontrarme con un problema de salud para activarme, salir de lo cotidiano y cuidar de mi cuerpo.
Pues en fin, empecé a hacer del ejercicio un hábito, correr para ser más específicos, y vaya que no ha sido fácil. Es decir, me encuentro con la fresca brisa acariciando mi rostro, el bello paisaje verde de los árboles a mi alrededor, la tranquilidad de no escuchar un dispositivo sonando con notificaciones todo el tiempo, y sin embargo no consigo disfrutarlo. ¿Por qué? ¿Cómo es que a pesar de todas estas cosas no logro disfrutar de correr? Incluso trae un beneficio al final de la jornada.
En realidad, la respuesta es muy simple: Siempre estoy pensando en que ya quiero que termine.
Pensamientos llenan mi cabeza con enunciados como: ¡Cuánto calor!, Estoy muy cansada, No creo poder lograr el siguiente kilómetro, Llevo cuatro días corriendo y no veo resultados, Todavía estoy muy lejos de mi objetivo, y la lista continúa.
El Internet está lleno con vídeos cómicos en los que se parodia los pensamientos que la gente usualmente tiene al correr. Ahora logro identificarme. No obstante, encuentro una lección más profunda en todo esto; los humanos muy rara vez solemos disfrutar del proceso. Nos afanamos pensando siempre en el futuro, desesperados por ver el resultado; deseamos ya haber alcanzado la realización de nuestros sueños y las promesas de Dios en nuestras vidas, y cuando no vemos resultados, nos frustramos, incluso hasta nos amargamos por no haber obtenido lo que queríamos en el momento en el que lo queríamos y finalmente, nos damos por vencidos, como muchos en el ejercicio.
Reaccionar de ese modo es algo natural desde que vivimos en una época de gratificación instantánea, rodeados de comodidades; cada artefacto, producto o servicio que se crea, se inventa con el propósito de hacerle la vida más fácil al cliente. ¡Todo está al momento! Avena instantánea, sopa instantánea, servicio a domicilio, etc.
Mientras pensaba en todas estas cosas, sentí como el Espíritu me recordaba aquella parte en la Biblia en donde un rey muy sabio, dice lo siguiente:
Hay una temporada para todo,
un tiempo para cada actividad bajo el cielo.
Un tiempo para nacer y un tiempo para morir.
Un tiempo para sembrar y un tiempo para cosechar.
Un tiempo para matar y un tiempo para sanar.
Un tiempo para derribar y un tiempo para construir.
Un tiempo para llorar y un tiempo para reír.
Un tiempo para entristecerse y un tiempo para bailar.
Un tiempo para esparcir piedras y un tiempo para juntar piedras.
Un tiempo para abrazarse y un tiempo para apartarse.
Un tiempo para buscar y un tiempo para dejar de buscar.
Un tiempo para guardar y un tiempo para botar.
Un tiempo para rasgar y un tiempo para remendar.
Un tiempo para amar y un tiempo para odiar.
Un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz.
Ec. 3:1-8 (NTV)
Todo, absolutamente todo, tiene un tiempo en esta vida.
En ocasiones nos desgastamos intentando apresurar las temporadas en las que vivimos y los procesos que pasamos.
Debemos entender, que la transición, por más dolorosa que pueda parecer o incómoda, es una bendición, que nos hace más sabios y nos fortalece.
Aprendemos la lección de la mariposa que para salir de su crisálida, tiene que luchar y después esperar a que sus alas se muevan y fortalezcan antes de poder volar.
Es difícil ser pacientes, pero debemos recordar que lo mejor que podemos hacer es confiar en que Dios pone a diario sus manos a la obra en nuestra vida y disfrutar del viaje, porque en el proceso Él nos quiere enseñar algo. Él prometió que la obra que empezó en nosotros la terminaría y perfeccionaría.
Recuerda que aunque no estés donde quieres estar, tampoco estás en donde empezaste. Y si aún no has empezado, te motivo y reto a salir de tu zona de confort y emprender este maravilloso viaje.
Como Pablo escribió: "No, amados hermanos, no lo he logrado, pero me concentro únicamente en esto: olvido el pasado y fijo la mirada en lo que tengo por delante, y así avanzo hasta llegar al final de la carrera para recibir el premio celestial al cual Dios nos llama por medio de Cristo Jesús."
-Fil. 3:13-14 (NTV)
Debeno disfrutar de lo que tenem, hacer alto a nuestea vidas y no vivir en mundo agitado y corriendo, hsu cosas que sólo estarán una sola vez en la vida. Hermosa reflexión
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