"En el camino, tenía que pasar por Samaria. Entonces llegó a una aldea samaritana llamada Sicar, cerca del campo que Jacob le dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob; y Jesús, cansado por la larga caminata, se sentó junto al pozo cerca del mediodía. Poco después, llegó una mujer samaritana a sacar agua, y Jesús le dijo:
—Por favor, dame un poco de agua para beber.
Él estaba solo en ese momento porque sus discípulos habían ido a la aldea a comprar algo para comer.
La mujer se sorprendió, ya que los judíos rechazan todo trato con los samaritanos. Entonces le dijo a Jesús:
—Usted es judío, y yo soy una mujer samaritana. ¿Por qué me pide agua para beber?
Jesús contestó:
—Si tan solo supieras el regalo que Dios tiene para ti y con quién estás hablando, tú me pedirías a mí, y yo te daría agua viva.
—Pero señor, usted no tiene ni una soga ni un balde —le dijo ella—, y este pozo es muy profundo. ¿De dónde va a sacar esa agua viva? Además, ¿se cree usted superior a nuestro antepasado Jacob, quien nos dio este pozo? ¿Cómo puede usted ofrecer mejor agua que la que disfrutaron él, sus hijos y sus animales?
Jesús contestó:
—Cualquiera que beba de esta agua pronto volverá a tener sed, pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás. Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les da vida eterna".
(Juan 4:4-13 NTV)
Estoy acostumbrada desde siempre a vivir en lugares muy calurosos, por lo que estoy muy familiarizada con lo grato y magnífico que es a la vez un buen vaso de agua fría en un día soleado de verano.
Saciar la sed cuando ocurre no es algo opcional sino necesario para todo ser vivo. El agua es parte de nuestras funciones vitales después de todo. Ahora bien, soy de esas personas a quienes no les gusta tomar refresco pero sé que cuando tengo sed y es lo único que hay a mi alcance, debo beber con tal de saciarme. Pero también sé que no hay bebida más que el agua que me pueda hacer sentir satisfecha. Tomar bebidas azucaradas sólo contribuye a sentirme más sedienta. Lo irónico es que así como en lo físico, también ocurre en mi espíritu.
En el pasaje anterior, Jesús intentaba decirle a la mujer samaritana que Él es el agua viva. Al no entender a lo que se refería y un tanto escéptica, la mujer le pregunta si Él se cree capaz de ofrecer mejor agua.
En mi opinión, este pasaje ilustra muy bien nuestras vidas. Sabemos que Jesús es el único que puede saciar nuestro espíritu; el único capaz de hacernos sentir plenos, completos. Sin embargo, preferimos correr detrás de todo aquello que, al igual que una bebida azucarada, calman nuestra sed pero sólo por un breve instante. Vamos detrás de tantas cosas que prometen falazmente llenar nuestros vacíos internos como la fama, el éxito profesional, popularidad, dinero, una nueva relación, un mejor auto, una mejor casa, más likes en las redes sociales, vicios, y la lista continúa.
El agua que este mundo ofrece puede parecer muy atractiva pero créeme... No hay nada como Jesús para apagar la sed con la que tu alma brama.
Todos de cierta forma hemos sido marcados por alguna experiencia o algo que hizo que en nuestro interior se produjera un vacío que intentamos llenar a lo largo de nuestras vidas con diversas cosas que sólo nos proporcionan una felicidad efímera. Para la mujer samaritana eso eran los hombres con los que había estado.
Quiero decirte que no hay nada más satisfactorio, nada más sublime, nada que te pueda hacer sentir más pleno y completo que beber de la presencia de Jesús. Él es el único proveedor de esa agua que además de saciar, puede renovarte internamente día con día y darte un comienzo fresco cuando lo necesitas.
Lo mejor de todo es que una vez que bebes de Jesús, te conviertes en un manantial que puede ayudar y bendecir de mejor forma a otras personas que también se sienten sedientas.
Acérquemonos a Jesús quien es capaz de transformarlo todo de nosotros.
—Por favor, dame un poco de agua para beber.
Él estaba solo en ese momento porque sus discípulos habían ido a la aldea a comprar algo para comer.
La mujer se sorprendió, ya que los judíos rechazan todo trato con los samaritanos. Entonces le dijo a Jesús:
—Usted es judío, y yo soy una mujer samaritana. ¿Por qué me pide agua para beber?
Jesús contestó:
—Si tan solo supieras el regalo que Dios tiene para ti y con quién estás hablando, tú me pedirías a mí, y yo te daría agua viva.
—Pero señor, usted no tiene ni una soga ni un balde —le dijo ella—, y este pozo es muy profundo. ¿De dónde va a sacar esa agua viva? Además, ¿se cree usted superior a nuestro antepasado Jacob, quien nos dio este pozo? ¿Cómo puede usted ofrecer mejor agua que la que disfrutaron él, sus hijos y sus animales?
Jesús contestó:
—Cualquiera que beba de esta agua pronto volverá a tener sed, pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás. Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les da vida eterna".
(Juan 4:4-13 NTV)
Estoy acostumbrada desde siempre a vivir en lugares muy calurosos, por lo que estoy muy familiarizada con lo grato y magnífico que es a la vez un buen vaso de agua fría en un día soleado de verano.
Saciar la sed cuando ocurre no es algo opcional sino necesario para todo ser vivo. El agua es parte de nuestras funciones vitales después de todo. Ahora bien, soy de esas personas a quienes no les gusta tomar refresco pero sé que cuando tengo sed y es lo único que hay a mi alcance, debo beber con tal de saciarme. Pero también sé que no hay bebida más que el agua que me pueda hacer sentir satisfecha. Tomar bebidas azucaradas sólo contribuye a sentirme más sedienta. Lo irónico es que así como en lo físico, también ocurre en mi espíritu.
En el pasaje anterior, Jesús intentaba decirle a la mujer samaritana que Él es el agua viva. Al no entender a lo que se refería y un tanto escéptica, la mujer le pregunta si Él se cree capaz de ofrecer mejor agua.
En mi opinión, este pasaje ilustra muy bien nuestras vidas. Sabemos que Jesús es el único que puede saciar nuestro espíritu; el único capaz de hacernos sentir plenos, completos. Sin embargo, preferimos correr detrás de todo aquello que, al igual que una bebida azucarada, calman nuestra sed pero sólo por un breve instante. Vamos detrás de tantas cosas que prometen falazmente llenar nuestros vacíos internos como la fama, el éxito profesional, popularidad, dinero, una nueva relación, un mejor auto, una mejor casa, más likes en las redes sociales, vicios, y la lista continúa.
El agua que este mundo ofrece puede parecer muy atractiva pero créeme... No hay nada como Jesús para apagar la sed con la que tu alma brama.
Todos de cierta forma hemos sido marcados por alguna experiencia o algo que hizo que en nuestro interior se produjera un vacío que intentamos llenar a lo largo de nuestras vidas con diversas cosas que sólo nos proporcionan una felicidad efímera. Para la mujer samaritana eso eran los hombres con los que había estado.
Quiero decirte que no hay nada más satisfactorio, nada más sublime, nada que te pueda hacer sentir más pleno y completo que beber de la presencia de Jesús. Él es el único proveedor de esa agua que además de saciar, puede renovarte internamente día con día y darte un comienzo fresco cuando lo necesitas.
Lo mejor de todo es que una vez que bebes de Jesús, te conviertes en un manantial que puede ayudar y bendecir de mejor forma a otras personas que también se sienten sedientas.
Acérquemonos a Jesús quien es capaz de transformarlo todo de nosotros.

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