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El don más supremo

 


"Pero ahora yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los maltratan. Así demostrarán que actúan como su Padre Dios, que está en el cielo. Él es quien hace que salga el sol sobre los buenos y sobre los malos. Él es quien manda la lluvia para el bien de los que lo obedecen y de los que no lo obedecen.

»Si ustedes aman sólo a quienes los aman, Dios no los va a bendecir por eso. Recuerden que hasta los que cobran impuestos para Roma también aman a sus amigos. Si saludan sólo a sus amigos, no hacen nada extraordinario. ¡Hasta los que no creen en Dios hacen eso!

»Ustedes deben ser perfectos como Dios, su Padre que está en el cielo, es perfecto".

Mateo 5: 44-48 (TLA)


"Porque toda la ley de Dios se resume en un solo mandamiento: «Cada uno debe amar a su prójimo, como se ama a sí mismo.»".

Gálatas 5:14 (TLA)


Suena sencillo ¿no? Amar a Dios y amar al prójimo. De hecho, si puediera resumir acerca de qué trata el cristianismo, sería de esta forma. Luego entonces, ¿por qué no es sencillo? Creo que para empezar, es porque cada uno de nosotros fue inculcado con una forma de amar. Quisiera enfocarme en la parte de "amar al prójimo" en esta ocasión. 

Nuestra forma de amar a los demás, está en parte influenciada por lo que aprendimos en nuestro núcleo familiar y lo que observamos en la cultura a nuestro alrededor. También nuestra personalidad juega un papel muy importante. Sin emabrgo, a pesar de nuestras diferencias individuales, Dios nos quiere enseñar a amar de la manera en la que Él lo hace, ya que en Él está el verdadero amor. Sólo en Dios, podemos aprender la forma correcta de amar.

Para todos nosotros es muy díficil y hasta cierto punto absurdo desearle el bien a quienes nos han ofendido y orar por los que nos han lastimado, pero Dios espera que lo hagamos. No tiene ningún mérito o valor extraordinario amar a quienes ya nos desean el bien y son recíprocos con nosotros... ¡cualquiera puede hacer esas cosas! Sin embargo, la verdadera obediencia al mandamiento de Jesús de "amar al prójimo", comienza cuando decidimos amar a nuestros enemigos; a aquellos con quienes no coincidimos en su forma de pensar o personalidad, empieza cuando perdonamos más rápido de lo que juzgamos o escuchamos más de lo que hablamos. Es decir, si yo únicamente amo a quienes me aman, vivo en desobediencia; aún no he cumplido con el mandamiento de Jesús. 

Hay tanto que la Biblia dice respecto al amor, pero creo que el pasaje que mejor describe cómo debería amar alguien que dice amar a Dios, se encuentra en 1 Corintios 13:4-7:


El que ama tiene paciencia en todo, y siempre es amable.

El que ama no es envidioso, ni se cree más que nadie.

No es orgulloso.

No es grosero ni egoísta.

No se enoja por cualquier cosa.

No se pasa la vida recordando lo malo que otros le han hecho.

No aplaude a los malvados, sino a los que hablan con la verdad.

El que ama es capaz de aguantarlo todo, de creerlo todo, de esperarlo todo, de soportarlo todo.

Sólo el amor vive para siempre...


En este punto valdría la pena preguntarnos si la forma en la que hemos estado amando a las personas ¿es paciente? ¿Soy amable con otros? ¿Envidio lo que es de alguien? ¿Soy orgulloso y me creo superior a los demás? ¿He sido egoísta? ¿Me enojo fácilmente? ¿Guardo rencor? ¿Miento? ¿Soy tolerante?

Quizá la respuesta a estas preguntas sea incómoda porque posiblemente nos daremos cuenta de que no estamos cerca del modelo bíblico del amor. O puede ser que antes batallábamos con ciertas cosas como mentir y envidiar pero ahora ya no estamos más en ese punto. Sea donde sea el punto en el que tu vida se encuentre, tienes que saber que el amor no es algo que se aprenda de la noche a la mañana. Se tiene una vida para aprender a amar. Aún cuando ya no nos impacientemos tanto como antes, pueden venir momentos en los que, por ejemplo, estemos tentados a responder de forma hiriente, o desearle el mal a alguien y sin embargo, Dios está conciente de esto puesto que aún no hemos sido perfeccionados en el amor. De hecho, algo muy bello y que nos llena de esperanza es que Jesús al haberse hecho humano, sabe por todas las dificultades que una persona puede pasar en su viaje de aprender a amar. Él vivió en carne propia la traición y el rechazo y tuvo que perdonar seguramente a alguien más de una vez. Incluso, ¿por qué no?, ser objeto del clasismo y superficialidad de las personas cuando no creían en su llamado o ministerio por ser el hijo de un carpintero. 

Estamos llamados a una vida de amor que no siempre es fácil y mucho menos significa que todo el tiempo tendremos las cosas bajo control, pero tenemos a un Dios perfecto que es tardo para la ira y grande en misericordia (Sal. 103:8), que nos ayudará siempre cuando el dolor que llevamos en nuestros corazones se sienta más grande que nuestras ganas de perdonar, cuando reconozcamos que nuestro temor nos hace envidiar lo que otros tienen, cuando sintamos que no es fácil convivir con alguien o necesitemos ser humildes... Él estará ahí. Y mientras que no siempre sepamos como comenzar, sí podemos hacer lo siguiente: Decidir buscarlo de todo corazón, no por lo que Él da o tiene para darnos sino por lo que Él es; decidir vivir una relación cercana a Él y buscarlo diariamente a través de la oración y de pronto, un día nos daremos cuenta de que somos un poco menos egoístas, un poco menos enojones, un poco menos orgullosos y más perdonadores. Nos enternecerá la idea de ayudar a otros y compartir con quienes no tienen con toda sinceridad de corazón, porque entenderemos que Él nos ha transformado. Pues Él ha dicho: "Les daré integridad de corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos. Les quitaré su terco corazón de piedra y les daré un corazón tierno y receptivo". (Ez. 11:19, NTV).



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