Cuando Jesús los oyó, les dijo: «La gente sana no necesita médico, los enfermos sí. No he venido a llamar a los que se creen justos, sino a los que saben que son pecadores».
Marcos 2:17 (NTV)
Recuerdo que, cuando era pequeña, me gustaban mucho los juguetes de la Cajita Feliz de McDonalds, y aunque el restaurante no era el favorito de mi mamá, hubo un tiempo en el que me llevaba a comprar ahí sólo porque tenían la colección de juguetes de Hello Kitty que tanto me llamaba la atención. Pero, sin importar cuanto quisieras el juguete, primero era necesario que compraras la Cajita Feliz, que inevitablemente también contenía la hamburguesa y las papas fritas.
Quizá este no sea el mejor ejemplo y sea algo gracioso, pero imaginémonos por unos instantes que nosotros somos una Cajita Feliz, nuestro pecado "más escandaloso" es el juguete y el resto de las cosas que están mal en nuestra vida, pero a las cuales no le damos tanta importancia como al juguete, son la hamburguesa y las papas fritas. Adicional a esto, en esta analogía, Dios es el cliente que compra la Cajita Feliz.
Nos sentimos inclinados a pensar que "Soy adicto/a la pornografía", "Me pongo tan borracho/a que insulto o golpeo a mis hijos", "Soy un adúltero/a", etcétera, son exactamente el tipo de frases que merecen el título del juguete en el ejemplo anterior. Pero, ¿Qué pasa con los pecados "pequeños" o aquellas cosas que permanecen entretejidas en lo más profundo de nuestro ser? ¿Aquello que permanece enmarañado en nuestros hábitos de los cuáles solemos no estar tan conscientes?
Cosas como el ser afecto al chisme y a hablar mal de otros. Decir mentiras de vez en cuando o exagerar la verdad, ser flojo, no administrar bien el tiempo o rehusarme a cuidar de mi persona. La parte de mí que se siente superior a los demás y juzga a otros en su mente o la que envidia lo que otros tienen y ¿por qué no?, también la parte de mí que es reacia a perdonar, rencorosa y se la vive recordando las heridas que otros le hicieron en el pasado. Todas estas cosas, son también parte de la "Cajita Feliz" y no pueden ser ignoradas o pasadas por alto. Y son tal vez las que cuestan más trabajo de rendir por completo porque las justificamos y creemos que no son tan malas y que Dios después de todo, nos entiende.
Esta forma de pensar es errónea. No sólo la parte más escandalosa de mi vida necesitaba salvación; también la necesitaba todos aquellos malos hábitos y vicios de mi persona de los cuales por mi cuenta, no puedo ser libre.
Mientras que es cierto que Dios es misericordioso y nos perdona cuando realmente estamos arrepentidos (1 Jn 1:9), Dios no quiere que nos auto justifiquemos sino que espera que también trabajemos en estas áreas y no tratemos de usar una máscara de santidad delante de Él como si después de habernos desecho del "pecado más escandaloso", ya no necesitáramos de Él o como si nuestra justicia fuese mayor que la suya, puesto que la Biblia es clara al decir que todos hemos pecado, (Ro.3:23).
Sin embargo, la buena noticia es que Dios no nos rechaza por ello. Él sabía el contenido de la Cajita Feliz cuando la compró y quiere que alcancemos una vida plena en Él, siendo transformados por Su gracia.
Que nunca falte humildad en nuestros corazones para reconocer que siempre hay algo de nosotros que Dios puede mejorar.
Sólo los corazones humildes pueden reconocer que su vida Le necesita y por ende recibir la transformación que buscamos para parecernos más y más a Él.

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